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FILOSOFÍA PRÁCTICA / El gobierno de Cambiemos no puede Cambiar

Por Gabriel Fernández *

No hay manera. Este no es un gobierno en disputa, ni una gestión inclinada hacia el liberalismo que admite parches para atenuar la dimensión social del ajuste. Nada de eso: en medio del frío y oscuro invierno que ha envuelto como una cúpula este sur del continente, el presidente Mauricio Macri y sus funcionarios –los presentes y los por venir- aplican y seguirán aplicando el programa anti industrial por excelencia con el explícito objetivo de transferir los recursos de la producción nacional hacia la renta, las privatizadas y los exportadores.

Eso es todo. Lo comprendió de entrada la Corriente Federal de Trabajadores y lo ratifica ahora, en su documento más reciente. Lo recorremos porque el diagnóstico es impecable: “Esta crisis colosal no es fruto de ninguna causa externa ni de tormentas que sólo existen en la imaginación del Ejecutivo. Tampoco es impericia. Desde que asumió, el presidente Macri y su equipo de gobierno no dejaron ningún lugar a dudas respecto del plan que iban a implementar. La claudicación ante los Fondos Buitre, que le costó al país más de 16 mil millones de dólares, la liberalización del mercado cambiario” entre tantas medidas iniciales, configuraron el inicio de “una venganza siniestra contra los sectores populares de nuestro país”.

Eso para empezar. Y luego, todo lo que palpamos a diario: devaluación e inflación ensambladas con apertura industrial y tasas de referencia astronómicas, combinación que no admite lugar para errores. Se trata de una decisión político económico oficial destinada a arrasar con la industria argentina. Resulta difícil hacerlo entender con un marco de sentido común, según el cual si alguien es presidente de un país desea que le vaya bien y si no lo logra es porque no acierta con el proceder; es preciso retomar con intensidad y hondura el Pensamiento Nacional para comprender que este sector social, el que hoy gobierna, necesita que la nación decaiga para que sus intereses florezcan.

De otro modo no se puede interpretar con nitidez porqué las gestiones económicas de Alvaro Alsogaray, Adalbert Krieger Vasena, José Alfredo Martínez de Hoz, Domingo Cavallo, generaron situaciones ruinosas para la Argentina. ¿Se equivocaron? ¿Tuvieron buenas intenciones mal aplicadas? Después de tantas décadas esas presunciones resultan inocentes. La oligarquía, las “mil familias”, asciende cuando el país cae, engorda cuando el trabajador adelgaza. La gestión de Mauricio Macri es una versión radicalizada de sus predecesoras, muy acelerada temporalmente y –dato nada menor- desfasada del rumbo planetario.

La rapidez en el despliegue del ajuste para la transferencia se asienta, de algún modo, en la ligazón entre la conciencia social del pueblo argentino y la realidad internacional. Tierra adentro, nuestra gente ha evaluado satisfactoriamente la importancia de las organizaciones gremiales y sociales, así como los resultados de la insurrección del 2001. Sabe – siente que se trata de instancias que le brindan poder y le permiten lograr soluciones que, en tramos de desorden e individualidad, no alcanzó. El gobierno anhela apurar el proceso porque la reacción de este frente popular, es inevitable. Tierra afuera, el sistema financiero concentrado que hundió el continente europeo y puso en serias dificultades a los Estados Unidos, está siendo desplazado por gigantescos conglomerados orientados a la inversión productiva y el rol rector de los Estados. La mayor demostración de este nuevo plano mundial es la coalición euroasiática liderada por Rusia y China.

A diferencia de las gestiones antes citadas, la del macrismo no tiene resto ni respaldo profundo que vaya más allá de la propaganda de los medios concentrados. No hay apoyo internacional que le brinde los recursos necesarios para desarrollar una acción anti industrial pero al mismo tiempo sostener mediante un financiamiento alterno cualquier vía de contención social. De ahí que “necesite” recortar todo en el Estado, licuar el salario promedio, anular los derechos sociales. Carece de aquiescencia internacional; los disparates difundidos localmente por Clarín y La Nación no cuadran con la imagen presente de la Argentina en el mundo.

Pero hay más. Esto no significa que las potencias no aprovechen la apertura argentina, pues nadie rechaza los regalos. China está invadiendo nuevamente nuestros comercios con productos a bajo precio, los magnates anglosajones se ubican cómodamente en las zonas más atractivas de la Patria, los Estados Unidos e Israel se asientan en territorios estratégicos por los cuales no pelearon sino que fueron invitados. Ninguna de esas naciones, nobleza obliga, realizaron acciones bélicas durante estos dos años y medio contra la nuestra para imponer semejantes logros: el macrismo abrió de par en par esta región porque evalúa que todo es vendible –en su beneficio- y se liga con aquella zoncera rivadaviana señalada por Arturo Jauretche: “el mal que aqueja al país es su extensión”.

La comprensión de esta filosofía brutal y tosca, propia de una oligarquía rentística y parasitaria, evidenciada en el decir habitual del mismo presidente, ayuda a despojarse de falsas ilusiones sobre cambios futuros que puedan beneficiar a algún segmento social. Por estas horas los medios fatigan a la opinión pública con un diseño dual: las campañas sobre la presunta corrupción para, en el nivel más bajo de conciencia, identificar los problemas presentes con el pasado, y la expectativa de modificaciones, a las cuales siempre hay que “dar tiempo” para corregir errores y desajustes propios de quienes intentan gobernar con buenos objetivos.

Quebrar ambos movimientos comunicacionales es esencial para el pueblo argentino, pues el eje del mediano plazo no es otro que la re elaboración del Proyecto Nacional asentado en las tres banderas históricas y adecuado a las necesidades actuales.

* Director La Señal Medios / Sindical Federal / Área Periodística Radio Gráfica.

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